CLAUDIO NAZOA
Mi querido y saludable amigo, Pedro:
Disculpa que te moleste en tus horas de meditación, dietas y ejercicios diarios, pero yo, al igual que tu, siendo fiel a mi forma de vida, al lado de una enorme botella de whisky y de una impúdica rodilla de cochino, con el sopor que produce el ratón y el colesterol, he meditado algo que quiero contarte: Está totalmente demostrado, querido Pedro, que ser fanático vegetariano enloquece a quienes lo son. Fíjense, las vacas que siempre se han caracterizado por ser tan serias y por llevar una vida sana, viviendo en el campo, respirando aire puro, comiendo únicamente vegetales, haciendo votos de silencio meditativo y emitiendo sonidos guturales como letanías budistas:
M… m… muu…, se volvieron locas.
Esto es más sorprendente si tomamos en cuenta el hecho de que una vaca inglesa tiene que ser seria, famélica, monárquica y como tal, llevar dignamente los cachos.
En San Francisco, California (¿dónde más podía pasar esto?), algunos granjeros están alarmados porque sus toros ya no desean a las vacas sino a sus congéneres, es decir, son toros locas.
Esto que está ocurriendo con las vacas inglesas, es la prueba fehaciente de que comer sólo vegetales y no vacas (que ironía), vuelve loco a los practicantes de tan aberrante costumbre como ocurre con los vegetarianos.
Nunca nadie ha visto a un zamuro, zancudo, perro o a un león loco y mucho menos loca. Claro, eso es imposible, ya que estos sensatos animales sólo consumen carne, sangre y cadáveres en su dieta diaria, cosa que los mantiene alimentados y equilibrados psicológicamente hablando.
Las personas que se meten a la religión vegetariana corren el riesgo de volverse locas, bueno, más de lo que estaban el día en el que decidieron comer sólo vegetales.
Algunas comienzan a degenerarse poco a poco. De seres normales, se transforman en peligrosos ayatolás fundamentalistas de la vida sana, una especie de militantes de círculos vegetarianos.
Lo primero es dejar de comer carnes rojas, luego la cogen con los pollos y hablan cosas espantosas de lo que puede pasarle a las personas que osen comerse un pollito asado.
Pronto descubren que comer pesc a d o t a m – bién hace daño: que si está contaminado, que si es una especie en extinción, que nunca, nunca ¡pero nunca! aunque este vivo y coleteando, estará fresco. En ese momento el individuo estará a punto de dar el fatal paso final que lo sumergirá en la locura absoluta, transformándolo en una vaca loca.
Estos seres odian el licor aunque sea “Parfait Amour” y les molesta el olor a tabaco de forma paranoica. Acto seguido comienzan a hablar mal de Caracas y quieren irse a vivir a Mérida para preparar mermeladas con flores raras que luego venderán a turistas medio pendejos.
La demencia continúa y comienzan a odiar los huevos de gallina y los quesos. Se transforman en expertos sobre el colesterol.
Dejan de usar champú y se lavan la cabeza con concha de parapara y jabón de tierra.
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Ya están listos para formar parte de una especie de secta disfrazada, una de esas que están tan de moda en todas partes. Luego, para buscar confirmación, asisten a un psicoanalista (preferiblemente argentino) que los regaña, humilla y les cobra un billete.
Tu sabes Penzini, que algunos fanáticos de la sanidad van enloqueciendo poco a poco y como a los cinco meses arremeten en contra de los médicos y de la medicina tradicional.
Rechazan la aspirina y todo tipo de medicamentos que necesariamente conlleve el uso de penicilina, sin embargo, toman al día cualquier cantidad y tipo de pastillas o en su defecto, ingieren unos pequeños y carísimos frasquitos (a mi nadie me quita de la cabeza que sólo contienen agua), que supuestamente poseen unas gotas que curan cualquier enfermedad.
Dejan de creer en lo obvio y creen en lo increíble de manera fanática. Se vuelven hipocondríacos, dependientes de la acupuntura, la homeopatía y de cuanto brebaje de extrañas hierbas existe. Creen en farsantes que curan con la imposición de manos, olores, colores y hasta con pirámides.
No hay nada peor que la vida sana, apreciado Fleury. Lo bueno hace daño y si no, es carísimo o no lo podemos tener.
La vida impoluta, correcta y pura, hace que nos salgan cachos y nos transformemos en vacas locas, patos o mariposas.
Es mejor morir ya y gozar una bola, que vivir mucho tiempo sano, aburrido y preocupado, diciendo que todo lo bueno que nos hace feliz hace daño.
El día que muera, voy a tener una risita increíble en la urna, lo malo es que ninguno de mis amigos la va a disfrutar porque para ese momento, ya los habré enterrado a todos.
El reto ahora, mi muy estimado amigo, es quién entierra primero.
Sin más, tu insalubre admirador.
(*) Perteneciente a la serie de Post “De Otros”, que suelo publicar cuando consigo algo que me parece tan bueno que merece ser difundido.